Tomás se despertó con la sensación de cansancio y el deseo de tener un tiempo para algo que no sabía definir. Han pasado 12 meses desde que la vida le comenzó a mostrar las despedidas rápidas, que traían cambios y situaciones pocos claras. Mientras Tomás pensaba en muchas cosas que habían pasado en los últimos meses, se daba cuenta que no había tenido cercano el nacimiento de un bebé, parecía que la vida le había mostrado que los nacimientos también se daban con otras condiciones.
Para Tomás se fue acumulando esa sensación que no entendía, su cuerpo pedía algo que no era claro, habían cosas por hacer e ideas en su cabeza, su cuerpo se iban mezclando emociones y sus rodillas sentían el peso de lo que estaba sintiendo.
Hace varios años Tomás contaba todo lo que iba sintiendo y viviendo, tanto que su terapeuta le recomendó cuidar su espacio, le decía que muchas veces dejaba entrar a un elefante en un castillo de cristal. En estos últimos meses cerró muchas habitaciones en ese “castillo”, quizás no tener encuentros presenciales con amigos lo llevó a pensar que no era necesario hablar, cada uno anda en su historia que está siendo un poco compleja. Comenzó a descubrir que decir sus miserias y dejar salir sus demonios, en muchos momentos eran seguidos de consejos, evaluaciones y llamados de atención por no valorar.
Una persona le dijo a Tomás que siguiera pedaleando, faltaba poco para llegar. La vida tiene su propio tiempo, que no es el mismo que manejamos los seres humanos.
Quizás esa vida en la cual Tomás sigue pedaleando, lo está dejando transitar unos minutos en un pedazo del camino que se parece un poco al poema de Juan de la Cruz. Es cierto, hasta los santos han transitado momentos de profunda crisis, una “noche oscura del alma”.
Tomás está descubriendo que decirle a una persona que puede contar con él para ser escuchada, es una declaración grande. Escuchar la humanidad del otro, no es dar consejos o convertirse en el juez, es reconocer a ese ser humano con sus ángeles y demonios. Tomás desde su realidad se está encontrando con otras historias, entendiendo que puede escuchar lo que le preocupa a la otra persona, sus emociones, las consecuencias de sus acciones y mirándolo como un “corazón que late”.
Termina un día, nuevamente Tomás respira profundo y recuerda dos frases: “hay que pedalear, falta poco“ y “hasta los santos han tenido la noche oscura del alma”.
¿Cuántas veces he tenido cerca un Tomás que necesita sacar lo que lleva por dentro? Algunas veces el silencio del otro es producto de mis consejos, evaluaciones y etiquetas, dejó de abrir su castillo, para cuidar sus piezas de cristal.
Verbalizar lo que está pasando en nuestra vida, no nos quita ser agradecidos, tener esperanzas, hacernos cargo, amar y seguir adelante. Muchas veces necesitamos sacar eso que estamos viviendo, para luego encontrar las “Razones para vivir”.
¿Será que no sabemos manejar el miedo que nos da escuchar los demonios de la otra persona?
Rafo Rivero
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